Creo que todos tenemos una parte nuestra, en nuestra sombra, bien escondido y guardado, que es muy parecido a un monstruo…. Muchos decimos que no lo tenemos, que ya lo hemos “sanado, integrado, superado, …” o que simplemente nunca estuvo allí. Yo no creo de mí, ni de nadie esto, lo más probable es que no queramos verlo, ni reconocer su existencia… Da miedo, culpa, vergüenza y un montón de emociones que no nos gustan cuando vemos a ese monstruo….

¿Cuando aparece el monstruo interior?

En algunos de nosotros: NUNCA, porque lo guardamos de por vida, avergonzados del monstruo porque no es como queremos ser: buenos, bonitos, inteligentes, generosos, bien portados, gentiles…. Lamentablemente esto nos hace buscar constantemente demostrarnos a través de la valoración externa que somos de la manera que si queremos ser o parecer y, con esto proyectamos afuera todo lo que no aceptamos dentro. Comentarios del tipo: “Ay, ¿viste como respondió? Mira que feo como actuó en ese caso… que horror, que maleducado, que…”.

En otros casos lo dejamos emerger sin control (ni aceptación o conciencia de su existencia previa aparición) y muchas veces terminamos dañándonos a nosotros y los que nos rodean. Acto seguido nos sentimos culpables, avergonzados, nos queremos meter diez metros bajo tierra y no salir. No queremos ser vistos o asociados con el monstruo porque no queremos ser el monstruo…Esto no corresponde con la imagen de quien quiero ser. Aumenta el rechazo cuando el monstruo se parece a alguno de nuestros padres en algún aspecto y siempre dijimos querer diferenciarnos de ellos…
El monstruo está, existe, es todo lo que no queremos ver de nosotros y surge sin medida ni control porque “se siente rechazado en nuestro interior”.

Cuando mi hija mayor era pequeña introdujimos (gracias a un consejo de Eckart Tolle) un nombre para su monstruo y eso nos permitía reconocerlo, sacarlo de su personita y poder ver que era parte (no todo) lo que ella era y que ella podía decidir sobre el monstruo. Esto ocurrió alrededor de sus 3 años de edad, momento en que el niño comienza a ver a su mamá como una (antes la veía como la mamá buena o la mamá mala) y por ende comienza percibir su parte “mala”, aunque no sabe que hacer con eso. Lo más probable es que el niño lo externalice en sus miedos y más común aun, en sus pesadillas nocturnas. Cuando le ponemos nombre y le damos personalidad podemos ayudarlo a sacarse la bronca o expresar la tristeza o lo que quiera hacer el monstruo. En aquellos tiempos subíamos a la terraza a gritar con mi hija porque había algo que al no poder expresar constantemente se manifestaba en una carraspera o picazón en su garganta. Una vez que pudimos darle palabras al monstruo se fue por completo la molestia física. El niño necesita si o sí la compañía de un adulto para poder hacer esto porque le da seguridad, confianza y por sobretodo se siente aceptado, con monstruo y todo.

Volviendo a nosotros los adultos:

Mi aprendizaje con la maternidad es que cuando necesito algo para ayudar a mis hijos es porque también me viene bien a mí. Es el día de hoy que me avergüenzo de mi monstruo o no lo quiero mostrar, al menos en una primera instancia. Cuando, luego, conecto con él y le pregunto qué desea, qué necesita, para qué hace lo que hace, comienzo a sentir ternura por él.

Ya no me da miedo mi monstruo. Es y puede ser terriblemente monstruoso pero hace poco lo conocí mejor, y debajo de esa capa de furia y violencia, es un ser muy vulnerable e indefenso, una parte de mí que quedó protegida por la monstruosidad porque no le le di asilo.

El monstruo aparece cuando me siento indefensa, atacada (incluye la critica), o no querida por mí en principio y por supuesto por quienes me rodean. La salida del monstruo es la forma aprendida de defenderme.

¿Qué puedo hacer con mi monstruo?

Lo mismo que con todo en la vida: AMARLO. Para amarlo requiero aceptarlo, invitarlo a estar en mí, a compartir una charla y ahondar en el para qué de su existencia. Es monstruo porque yo defino que monstruoso es todo lo feo de su forma de actuar, de ser, pero no es algo intrínseco sino aprendido para resguardar algo más profundo. Es como el enojo que siempre guarda dentro algún miedo o dolor más profundo. Preguntarle qué teme, o que le duele tanto me ayuda a darle lo que realmente necesita. Y ahí en esa conversación interna, para la cual recomiendo compañía de alguien para encarar la monstruo las primeras veces, surge la posibilidad de elegir con amor. Elegir qué es lo que realmente necesito.

Dos posibilidades de acción con otra persona
Si estoy, como en mi caso ante la crítica externa, o cualquier comportamiento no amoroso hacia mí, tengo al menos dos posibilidades:
1) abrirme al aprendizaje con la persona que está siendo poco amorosa conmigo (si y solo si veo posibilidad) y
2) des-engancharme, soltar y cuidarme saliendo de la situación de violencia.

Les doy un ejemplo: ante la crítica directa o indirecta de alguien puedo elegir 1 y decir: “Entiendo que no estás de acuerdo con esto y que te parece mejor otras opciones, ¿te parece que exploremos juntos alternativas?” y/o “cuando decís eso me siento agredida, ¿te parece que hablemos de estas situaciones?”. Si del otro lado viene más violencia, critica, condenación o querer convencernos de que tiene razón, mejor pasar a 2 y soltar. Por ejemplo “veo que no estás abierto para hablar de esto ahora, gracias por tu sugerencia prefiero seguir haciendo las cosas como venía.”, o simplemente, “gracias, cuando necesite una opinión te la voy a pedir”, o “me levanto y me voy sin dar mucha explicación”. Si ante la situación de me levanto y me voy me preguntan por qué o, lo que ya me ha pasado, me siguen y continúan la conducta hacia mí no amorosa, pongo un límite verbal: “te pido que hablemos esto en otro momento” y físico: me alejo.

Mi monstruo es mi amigo y aliado para conocerme y amarme más: qué me duele de lo que me pasa, a qué me remite y darme HOY aquello que no recibí pero aun necesito.

Conociendo mis gatillos puedo hacer ESPACIO y elegir en libertad.
Cada día conozco más, que es lo que gatilla la aparición de mi monstruo y eso me permite poner un alto entre lo que percibo, pienso/siento y la acción. ¿Lo logro? No siempre, aunque si muchas veces. Aún hay personas o situaciones (la -falta de sueño- es una clásica a tener en cuenta!) ante los que reacciono sin moderación o control. La meditación, la respiración, la terapia, el hablar con amigos, el procesar mi interior todo eso me ayuda a desarrollar la capacidad de HACER ESPACIO para la elección si estar condicionada por mi historia. Biológicamente esto se traduce en una mayor actividad y desarrollo de los lóbulos frontales del cerebro, y que se relaciona con la Inteligencia Emocional. Está demostrado que la mayor felicidad y bienestar vienen de una mayor inteligencia emocional y las técnicas como la meditación y la reflexión consciente nos ayuda en pos de este objetivo.

Los invito a estar atentos a cuando surge su monstruo interior, hacerse amigos de él y encontrar la mejor forma de darle a esa parte protegida por el monstruo el amor que realmente necesita. Soltemos la culpa, el juicio, y todo lo que viene de dejar suelto al monstruo en nosotros y pasemos a la compasión, el perdón y la acción amorosa.

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak

 

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