Hoy tuve un sueño revelador, simbólico y muy claro: “Estaba cruzando una calle embarazada como ahora y me daba cuenta que estaba en verde en vez de rojo para los autos, no sabía si seguir o retroceder, en esa parálisis un auto me pasa muy cerca y casi atropella. Logro moverme a un costado de la calle y me desperté”. El mensaje, o mejor dicho la pregunta, que surgió al despertar fue clara y contundente: ¿en qué lugares de mi vida me quedo en el medio, sin decidir, y como eso pone en peligro mi integridad como persona y la de los que dependen de mí? La respuesta: en la crianza de mis hijas, sobretodo en hacer caso a mi instinto o amor propio.

Muchas veces nos escucho a los padres cuestionándonos temas relacionados con nuestros hijos. Algunas veces lo hacemos desde un lugar de búsqueda de respuesta del tipo: “esta bien o mal hacer esto o aquello” como para reafirmarnos en el ser padres, aceptándonos como tales (“somos buenos padres si hacemos las cosas bien”). Otras, lo hacemos para “asegurarnos” que nuestros hijos estén bien hoy o a futuro (“si hago esto mi hijo no aprenderá tal o cual cosa, se sentirá mal, le ira mal en la vida, etcétera”). En ambos casos queremos controlar el resultado de lo que hagamos, poniéndolo en cuestionamiento en medio del hacer. Pocas veces en esos momentos de “duda” nos preguntamos: ¿esta decisión traerá bienestar a mi vida y la de mis hijos? Cuán diferente sería nuestra relación con el tema en cuestionamiento si por un segundo nos hiciéramos esta pregunta, lleváramos la atención a la región de nuestro corazón y respondiéramos con sinceridad para con nosotros y a menos que la respuesta fuera un doble “si” no procediéramos con esa opción sino que buscáramos alternativas. Como sociedad hemos perdido tanto contacto con nuestro instinto de preservación e integridad tal que nos cuestionamos constantemente. Y si no nos cuestionamos, porque algunos se dirán ser seguros de sí mismos, cuántas veces actuamos a “la fuerza” ya sea con nosotros o nuestros hijos. Si nos vemos actuando “a la fuerza” les aseguro que no estamos haciéndolo desde un lugar de amor y bienestar para ninguno de los involucrados.

Cada vez que dudamos o actuamos a la fuerza desde una falta de seguridad real e intrínseca no nos valoramos como necesitamos, ni nos damos lugar, y ese mismo mensaje llega a nuestros hijos. Ejemplo concreto que veo y viví: nuestro hijo de 2 años toma nuestro celular y le decimos que no. Repite el intento y volvemos a decírselo. Lo saca, lo recuperamos, y volvemos a decirle que eso no.. Después de un rato estamos enganchados charlando y nos damos cuenta que lo tomó y decidimos “que pase”, hasta que escuchamos un ruido de caída del teléfono y volvemos a decirle que no, se lo sacamos, esta vez con enojo con nosotros mismos, y oposición, gritos o llantos de parte de nuestro hijo. En esta situación ¿qué nos costaba mantener nuestra coherencia? Ser consistentes con lo que creíamos, sabíamos, sentíamos que era lo mejor para todos. Seguro hubo un momento de duda cuando nos dimos cuenta de que tenia el celular nuevamente, pero en vez de seguir nuestro impulso e instinto inicial “repensamos” y cambiamos de opinión. Lo hacemos en automático sin chequear internamente como esa decisión, tan chica en este caso, tan grande en otros, puede afectar el bienestar nuestro y de nuestros hijos.

Propongo recuperar nuestro instinto para amarnos a nosotros y los que nos rodean en, al menos, tres pasos:

1)   Registrar nuestro instinto inicial. Esto parece fácil pero muchas veces no lo es. Podemos darnos cuenta que no estamos obrando desde nuestro instinto cuando los pensamientos, dudas, cuestionamientos invaden nuestra mente. En esos momentos podemos parar y registrar cuál fue nuestra primera sensación y qué tiene esa sensación para mostrarnos o enseñarnos. No estoy diciendo obrar en automático porque a veces nuestros instintos de preservación esta codificados desde un miedo profundo y no real basado en nuestra historia subjetiva que puede dañarnos a nosotros u a otros. Sólo digo: registremos porque ahí hay información valiosa sobre quienes somos y lo qué es mejor para nosotros y los que nos rodean.

2)   Chequemos con nuestro corazón, ese lugar de conexión interna con nuestra alma que nos permite evaluar desde el amor y no desde el miedo. Si tomamos alguna decisión ¿cómo nos sentiremos al respecto?, y si no encontramos palabras chequeemos nuestro cuerpo físico: ¿nos molesta o tensa alguna parte decidir de una manera y nos relaja con otra decisión?

3)   Honremos nuestro sentir eligiendo la mejor vía porque sólo así nos estaremos respetando. No existe la posibilidad de respetarnos y al mismo tiempo no respetar al otro (Aclaro: aunque se enoje o no le guste nuestra decisión al otro). Estamos unidos desde el amor que nos creó y la decisión que es buena para una lo es para todos. Puede no gustarles o darles miedo pero sepamos que estamos cuidándolos. De la otra manera no cuidamos a nadie “salvo” la idea que tenemos sobre “que es lo correcto”. Las ideas no son más importantes que nuestra persona, tengámoslo en cuenta.

Volviendo a mi sueño: en mí la duda es fatal y puede matarme a mi y a los que quiero. En vez de dudar y “pensar” chequeo con mi corazón y desde ahí elijo y muy importante, sostengo y honro, esa elección.

Los invito a decidir con consciencia chequeando con su corazón, su alma, su interior: cuál es la mejor decisión y actuar en consecuencia. No pensemos tanto, sintamos, exploremos, aprendamos hasta de los lugares más incómodos de nuestro ser.

 

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak

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