Mi formación y experiencia tanto profesional como personal me dice que si cada uno ocupa su lugar único e irrepetible y se dedica a aprender a dar lo mejor de sí desde ese lugar, seremos un gran equipo que podremos lograr todos nuestros sueños juntos. Sin embargo a veces tendemos a “anquilosarnos” o rigidizarnos en esos lugares tan propios nuestros. Nos vamos identificando con esos lugares que aprendimos a ocupar, que nos resultan en parte cómodos y que además nos proveen experiencias de éxito donde las “cosas nos salen” como queremos. Ojalá sean lugares que elegimos y no que eligieron por nosotros, porque de ser así estaría bueno preguntarnos qué lugar queremos ocupar realmente. El tema es que muchísimas veces esto es transparente, ocupamos lugares como nos mostraron otros en nuestra infancia y esto es sumamente común en especial en las relaciones de pareja.

Recuerdo una vez que hicimos terapia de parejas (hace infinidad de años…) y habíamos llegado a la conclusión que cada uno manejaría el carro en el área que se sentía más experto y le gustaba y se dejaría llevar por el otro en el área que no era su prioridad. Eso nos funcionó y aun funciona bastante bien ya que nos permite especializarnos, aprender más de lo que más nos gusta y/o mejor hacemos y dejarnos ayudar en lo que no.

Hasta aquí esta muy bien, pero hace poco me pasó algo que me hizo preguntarme: ¿no será que he llegado a evitar por completo ciertas áreas porque “son expertise del otro”? ¿Qué pasa si esas áreas son importantes y relevantes para mi vida y el otro no está disponible para darnos el apoyo que requerimos?

¿Cómo me sentí cuando pedí ayuda y la denegaron, en un tema donde me juzgo “no tan competente”? “En Pampa y la Vía” como dice el dicho porteño. Sentí que estaba sola, desamparada e impotente, pensaba que si no podía contar con la ayuda de mi pareja no podría lograr eso que tanto necesitaba. Hasta llegué a pensar que su rechazo a no ayudar era una especie de “traición” a nuestro acuerdo de separación de roles. Y por supuesto en un milisegundo todos estos pensamientos me generaron ansiedad y acto seguido enojo, frustración, indignación. Recurrí a la opción poco amorosa: insistir, manipular con rol de víctima/pobrecita, y demás actitudes viles que tengo en el repertorio de mi sombra. Y qué logré: su ayuda. Si, pero ¿a qué costo? Estuvimos una hora y media en una especie de Ring boxeándonos con palabras, yo enojada porque se resistía a ayudarme y él porque lo hacía sin querer hacerlo, llenándonos de críticas, malos modos, un sinfín de actitudes poco amorosas. Después de las cuales tuvimos el buen juicio de distanciarnos y cada uno manejar sus emociones. En mi caso luego de llorar por tanta tensión acumulada pude conectar con lo que realmente me dolía y no era la actitud del otro, nunca lo fue, era mi propia creencia diciéndome que yo no podía hacer ciertas cosas porque no me salían tan bien, rápido o sin error como al otro. Y ahí me aparecieron un montón de escenas de mi vida donde si la cosa se ponía “complicada” y me costaban huía lo más rápido posible. Obviamente no fueron tantas porque sino no hubiera logrado nada. Me dediqué a lo que sí juzgaba que me salía “bien y rápido” (el tema del tiempo siempre esta metido en mí) me dedicaba y sino buscaba quien lo hiciera por mí. Pero qué pasaba con temas como el arte, o incluso la tecnología que siempre me interesaron y no podía tan bien o rápido? Las dejaba frustrada. Me pregunté si había otra forma de verlo o pensarlo. Tal vez si me daba tiempo y no me pedía hacer las cosas “bien y rápido” de entrada podía sostener la frustración y lograr eso que tanto quería. Bueno me prometí hacerlo. También me di cuenta que insisitirle al otro era muy poco amoroso porque estaba poniendo una expectativa en forma de demanda al amor que nos une, eso no es amor es codependencia y manipulación. Por ende, me dije que la próxima vez si es un tema que me interesa lo aprenderé a mi ritmo y con mis errores sin juzgarlos y, sino me interesa, buscaré otro tipo de ayuda, otra persona lugar, etcétera. La cuestión es que tengo recursos ya sea para sostenerme con amor en mi aprendizaje o buscar quien pueda ayudarme.

Así divide y conquistarás puede funcionar mientras no estemos demandando que el otro ocupe su lugar porque nosotros creemos que no podemos hacerlo (ya sea solos o con ayuda de otro que no es la pareja).

Para los tenistas esto se parece es el medio de la cancha, y que cuando jugamos dobles hay un lugar que ambos ocupamos y que a veces lo ocupará uno y a veces otro y que no es obligación de ninguno hacerlo. También puede ser que uno se fue a bolear a la red el otro “cubra” el fondo, aunque no es “su lugar” original.

La flexibilidad, el amor, la capacidad de dar sin exigir y de no esperar nada a cambio son claves para la relación amorosa. Pero más que eso: conectar con que nos pasa cuando nos sentimos mal con nosotros mismos y profundizar y sanar re-eligiendo antes de recurrir a las herramientas de la sombra. Sanar la sombra, escuchándola, aceptándola y amándola es mejor que darle lugar para actuar sin registro.

Los invito a que cada uno revise esos lugares que “espera” que el otro ocupe y se pregunte si no esta “amarrado” a esa ayuda por alguna creencia y si esto no lo lleva a actitudes de poco amor para con el otro y consigo mismo. Si es así los invito a transformarse re-eligiendo y sanando el momento cuando aprendimos a actuar y por ende construimos nuestra sombra.

 

Con amor y gratitud,

Denise Dziwak

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