En la cultura en la que me crié el concepto de valorar y apreciar no es tan común como el de criticar y querer cambiar, mejorar, transformar. Esto me ha llevado a ver la vida como algo a ser mejorado, siempre, en pos del progreso y la superación de lo que ya existe. En mí esto se refleja en ganas de aprender, de crecer en todo sentido, de querer siempre mejorar mi contexto tanto físico como de personas que me rodean. Por ejemplo si veo algo o alguien en un estado “no óptimo” o con “posibilidad de mejora” enseguida tiendo a hacerme cargo de transformarlo. Muchas veces esto genera mayor bienestar para todos, incluyéndome a mí que siento que pude dar de mí al mundo dejando mi huella en él.

Sin embargo, no siempre el querer mejorar las cosas deviene en mayor bienestar para todos. Muchas veces, como dice mi amigo Ale, voy por la vida como por el living de mi casa, arreglando los almohadones, levantando cosas caídas, emprolijando todo, y me pierdo el poder disfrutar de lo que iba a hacer: sentarme en el sofá un rato a leer. Pasé tanto tiempo mejorando el entorno que no lo disfruté. La pregunta que siempre me hago, y los que me han leído deben ya saber de memoria es: ¿Para qué hago lo que hago? Quiero entender desde dónde estoy siendo en el mundo. Muchas veces lo hago desde el querer controlar a otros o el mundo físico desde una creencia (falsa ya que no deviene del amor y la aceptación) que hay algo mejor y distinto y yo me puedo hacer cargo de cambiarlo. Otras veces lo hago desde el real amor y desapego, dando de mí a quien me pide ayuda porque lo disfruto, y siento que tengo y quiero dar lo que el otro me pide (escucha, amor, mirada, ayuda). Acá encontré una cuestión clave: ¿alguien me pidió cambiar algo o soy yo la que quiere cambiarlo porque lo juzgo de “no optimo o ideal”? Si veo todo como algo a ser modificado empieza a aparecer en mí una parte muy poco amorosa que está todo el tiempo criticando y queriendo cambiar lo que es ya sean personas (me incluye a mí) o lugares (propios o públicos).

Los invito a mi mente un rato del día de hoy para ejemplificar. Salgo a caminar a la mañana temprano para disfrutar del fresco, la naturaleza, en especial el mar y hacer ejercicio. Pasa una cuadra y ya empiezo: “sería mejor correr que caminar, es más aeróbico, voy a entrenar más, puedo llegar más lejos en menos tiempo…”. Me escucho y me digo: “no quiero ir ni más lejos ni recorrer más en menos tiempo, solo quiero disfrutar”. Así sigo, en unas cuadras más comienzo a sentir ganas de correr porque estoy junto al mar y lo hago sin pensamientos al respecto. Empiezo a correr y me pasan otras personas también corriendo y vuelvo a pensar: “estoy corriendo lento? Tal vez debería ir más rápido porque todos me pasan”. Me esccho pensar y enseguida me digo: “no Denise, estamos yendo al ritmo más lindo, el nuestro, disfrutando el paisaje, la música y encima el sonido de las olas, esto es l que quiero”. Sigo y veo los surfistas en las olas, me inspiran y pienso “que lindo estar ahí arriba de la tabla navegando por el mar”, seguido por “si, (con voz irónica) igual deben estar congelados porque este mar es frio como el hielo, además esta todo el tema de llegar remando por las rompiente, etc,… no vale la pena”. ¿Alguien me pidió que yo surfeara? Seguí y cada vez que me daba cuenta de estos pensamientos que intentaban cambiar algo en mí los hacía a un lado y volvía a lo esencial, el para qué y había salido a correr junto al mar. Ese trabajo de despejar mi mente del “crítico interno” duró casi media hora esta vez y la otra media hora que que la corrí con tanto placer que podría haber seguido sin parar, pero decidí hacerlo porque ya sentía el cansancio en los músculos y no quise extralimitarme.

Muchos hablan del poder de la gratitud, de reconocer, valorar y dar gracias por lo que somos, y todo lo que tenemos y nos rodea. Yo digo que la gratitud es vital e imperiosa para poder conectarnos con la real paz interior. No hay paz en quien quiere cambiar todo, todo el tiempo… se los digo por experiencia.

Retomando la creencia cultural de que todo puede/debe ser mejorado o transformado, hoy creo que no es cierto. Todo lo que es, es perfecto y si yo quiero cambiar algo es porque ese cambio me produce en mí y quienes me rodean mayor bienestar y fluye desde una intención amorosa. A esto agrego que decir cosas como “yo soy perfecta, me amo como soy y no quiero cambiar nada en mí” no es vanidoso, ni omnipotente ni tampoco una forma de hacerle ver a otros que soy mejor. Decir eso y sentirlo internamente es estar en conexión con nuestra esencia, que es inmutable, eterna y totalmente perfecta.

Los dejo con una invitación a estar pendientes de sus pensamientos y creencias que los llevan a transformar-se y a otros sin real necesidad para poder dar lugar al disfrute de lo que son y los rodea.

Hoy me comprometo a practicar el disfrute de todo lo que soy y me rodea en agradecimiento a la vida que m fue dada para honrar con todo el amor de mi ser. Ojalá seamos muchos los que hoy hagamos esto y así construiremos una red de paz y gratitud que aplacará todo miedo y exigencia que nos rodee.

 

Con amor y GRATITUD,

Denise Dziwak

 

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  1. Cyndi Viscellino Huergo

    GRACIAS, DENISE. Así, con mayúsculas. Un abrazo!!

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  2. Karina Anconetani

    Hola Ale!!!
    el poder darse cuenta que es la mente la que nos tortura todo el tiempo es una grannn ventaja!!!ya detenerse en ese punto es estar despierto!!.-
    La tarea a realizar es el entrenamiento del aqui y ahora….todo el tiempo que podamos no dejarnos llevar por los criterios,preconceptos y blaaa blaaa..sino estar plenamente consciente del momento,sentir y experimentar sin poner un pensamiento,»solo somos eso»este presente»…..igual es todo un entrenamiento…saber sentir cuando la mente te pone en peligro,salir del automatico,y entrar en el AQUI Y AHORA….lo demas realmente fluye naturalmente..todo se acomoda…
    Luz para nuestra mente,luz para nuestra voluntad y luz para nuestro corazon!!!!

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