Hay una época aproximadamente entre los 3 y 4 años de edad en que los niños comienzan a experimentar mayor temor intensamentecantidad de miedos, en especial a la noche. Según la psicología, coincide con integración de las partes de la mamá (la mamá buena que me da lo que quiero y la mamá mala que no lo me da) en una sola, y por ende la posterior posibilidad de integrar la propia sombra. Al comienzo es difícil y tendemos a proyectar esa sombra en monstruos o cosas externas. También hay otros factores como la necesidad de controlar, lo cual  al no poder hacerla se proyecta en miedos a insectos o cosas que surgen sin control, en fin, muchas teorías y experiencias que explican el “por qué de los miedos”.

Mi intención aquí es pasar a de la explicación a la acción, para empoderarnos como padres y conectarnos con lo que nuestro hijo necesita de nosotros, que seguramente no tendrá nada que ver con teorías y explicaciones.

Cuando tenemos miedo nos sentimos inseguros, ansiosos ante lo que tememos que ocurra porque lo consideramos algo negativo o nocivo para nosotros. Esto empeora (MUCHO) si además de miedo nos sentimos solos, o a veces el temor es justamente ese: a estar solo sin alguien que me ayude en caso de que ocurra aquello que temo.

El primer paso es como siempre ACEPTAR la emoción de nuestro hijo (o la nuestra) tal como viene y saber que es una excelente oportunidad para aprender algo, para dar amor y poder acompañar a nuestro hijo en su desarrollo. Aceptarla, no significa, “aceptarla por un rato o tiempo límite” (hasta que me dé la paciencia…), o estar de acuerdo con que se haga daño a él mismo o a otro en base a esa emoción…. (aunque el miedo no es tan activo como el enojo por ejemplo, igual está bueno saber que los límites siguen en pie para cuidar a nuestros hijos de que se dañen a sí o a otros).

Una vez aceptado que nuestro hijo tiene miedo, ofrezcámosle compañía, apoyo, escucha activa y amorosa. Permitámosle que nos cuente todo lo que le pasa, lo que se imagina, lo que teme y no descartemos lo que dice como “tonterías” o cosas sin importancia. Para el sí son importantes y escucharlo activamente y con amor significa que mientras nos cuenta estamos abiertos y hasta tal vez pensando “tiene buenas y válidas razones para que sienta y piense eso”. A veces alcanza con solo presencia física, contacto. Cuando mi hija teme el primer día de clases en primer grado, mi presencia, mi mano agarrando la suya, quedándome hasta que ella necesite en su clase (sí, dentro de su clase, como cuando tenía 2 añitos y entró al nivel inicial, nido o jardincito). Eso le da seguridad y cuando ya no la necesite me dirá “ya mamá ve”, o le diré “Mira me voy a ir ahora pero sabes que puedes mandarme a llamar si me necesitas. ¿Estas bien para quedarte ya?” chequeando y re asegurándole mi presencia aunque no sea física.

Si el niño se siente acompañado el miedo no necesariamente se va, pero disminuye o al menos siente que su miedo no lo va a “comer vivo” y va a poder con él.

Hace poco una mujer sabia me dijo “no se trata de vivir sin miedo. Se trata de que aprendamos a vivir con el miedo, eligiendo desde el amor sabiendo que todo estará bien”. De a poco, con cada paso que damos y nuestro miedo se da cuenta que no ocurre lo que teme, se va diluyendo. El miedo existe para algo, para protegernos, sólo que dada nuestra costumbre y nuestra mente tendemos a proyectarlo más allá del peligro real a cualquier peligro imaginado, tal vez creyendo que nos protegemos si tememos o que podemos controlar lo incontrolable.

El miedo tiene un motivo para existir, a veces para sobrevivir, y a veces para que aprendamos a tener fé y confiar en nuestra capacidad de superar ciertos desafíos y de saber que siempre tendremos apoyo y amor para sostenernos. Nuestros hijos necesitan que nosotros los adultos le demos ese apoyo y amor externos para sostenerlos a través de sus miedos. Eso no es debilidad sino sensibilidad que requiere más compañía, más presencia. TODOS los niños superan sus miedos si tienen quien los respalde. Y así crecerán como adultos confiados que siempre tendrán amor y apoyo, ya no de sus padres pero del mundo, de Dios, o de quien crean que les da vida.

 

Los invito a que acompañemos a nuestros hijos a través de sus miedos, dándole ese amor y sostén que necesitan. Trabajemos en lo que nos impide hacerlo (el apuro, las falsas creencias como que para hacerlo fuerte tiene que estar solo, etc) y seamos padres presentes amorosos y fuertes de corazón. La fortaleza que más les servirá de nuestra parte es nuestra presencia e incondicionalidad, esa es la fuerza del amor que todo los supera y todo lo puede.

Seamos esa fortaleza, es amor incondicional para nuestra hijos, y claro está, para nosotros mismos.

Con amor y gratitud,
Denise

 

DSC_1560Denise Dziwak, trabaja como Life & Spiritual coach, utilizando las herramientas del coaching, la meditación y el touch for health para lograr una mayor conexión interior (inner bonding) y ayudarte a crecer en bienestar y felicidad. Pueden ver su perfil y pedir una sesión con ella en AQUÍ.

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