Que levante la mano la mamá que nunca sintió culpa!

Este post que escribí en B ¡de Bienestar hace un tiempo fue el inicio de mi misión personal de elevar el estado de conciencia desde el camino que elegí siendo madre.


 

 

 

Cuando creí que tenía claro lo que iba a trabajar en mi 1° sesión de coaching del proceso que elegí empezar hace no tanto, la Coach me hizo aquella pregunta que hace que todo lo que tenías armado hasta ese momento quede momentáneamente invalidado … Me preguntó si conocía a alguna madre que no sintiera culpa.

Largos minutos repasando desde las madres más cercanas hasta las más lejanas, hasta que dije: “¡Sí! ¡La tengo!”, feliz de haber encontrado al menos una. Mi respuesta: “Maria, madre de Jesus”. Después de unos segundos, no sabía si reír o llorar, por lo que eso significaba en mi mundo. Si yo conocía solamente a 1 madre sin culpa, siendo por cierto uno de los seres espirituales más elevados que tuvo la humanidad, ¿Qué me quedaba a mí y al resto de las mortales? ¿Sería posible ser madre y no sentir culpa? Fiel al proceso, y sin dar tregua, siguieron las preguntas…

 

 

 

¿Qué es no sentir culpa? ¿Cómo sería esto en tu vida como mamá?

Mi respuesta: ser sin culpa es estar conectado internamente, haciéndole caso solamente a la voz verdadera dentro de mí: la del corazón, alma, o como cada uno quiera llamarlo. [De ahora en más: la Voz]

 

¿Qué te impide hacerlo? ¿Qué te impide hoy vivir 100% conectada y actuando de acuerdo a esa Voz?

Repasando todas las veces en las que dudo, traté de recordar que pasaba por mi mente, por mi cuerpo…. De golpe fue obvio: Lo que me impide seguir esa Voz interior, ¡Son todas las otras voces! Sí, hay muchísimas que viven debatiendo. Y aunque reconozca la mía, las otras parecieran tener mucho peso. ¿Cuáles voces son entonces? ¿Todas? La voz que repite lo que leí en libros de crianza y desarrollo psicológico sobre lo que “debe o no debe” hacer una madre con su hijo; la voz de padres, hermanos, amigos que opinan sobre cómo ser buena madre y más específicamente toda critica a MI forma de ser madre;  las voces de mis miedos e inseguridades así como del inminente fracaso; la voz de los ejemplos “inmaculados” como el de Maria que me muestran adonde quiero llegar pero que están tan lejos de mí que solo generan frustración; en fin…voces en discordia con la voz de mi corazón.

 

A raíz de esto, me di cuenta de que cuando las voces externas se internalizan, lo hacen a manera de eco de ellas mismas, dirigidas por el EGO, esa parte de nuestra conciencia que vive enraizada en el miedo, que busca aprobación constante, que no está tranquilo a menos que lo adulen, y aun así necesita ser más que otros para sentirse mejor. En definitiva, tengo al Ego versus “ser madre conectada” y la “no culpa” en constante litigio.

 

Bárbaro, pero venía la pregunta de manual…

¿Qué querés hacer con esto?

Respondí según lo que me venía funcionando, fácil de decir y no tan fácil de hacer: 1) quererme -Ego incluido, y 2) aceptar que muchas veces no se las respuestas, y que puedo tolerar la incomodidad que me genera, porque es parte de estar abierta al aprendizaje y a ser transformada por lo que vivo.

 

Y la pregunta que realmente dio un giro en mi vida y la forma en la que percibo al mundo…

 

¿Para qué? ¿Cuál sería mi motivación para querer salir de la culpa y el miedo y entrar en el camino del amor y de aceptación?

En toda conversación terapéutica, hay un momento donde la mente pareciera quedarse corta de palabras. Este fue mi momento: Sentí angustia; se me cerró el pecho y costaba respirar…Fue fácil encontrar la respuesta: si no lo hago me muero, no respiro, el aire no puede ingresar a mí, la vida no puede ingresar, dejo de existir. Tuve que decírmelo de mil maneras diferentes para que quedara grabado.

Parece radical, lo cual no lo hace necesariamente instantáneo: puede pasar de a poco, vamos relegando quienes somos para hacerle caso a las voces del Ego, dejándonos intimidar, dejando de escucharnos hasta que confundimos nuestra voz real entre todas las demás y, lo que es peor que simplemente escuchar, algunos empezamos a obrar en consecuencia, cada vez mas lejos de nuestro camino, sin poder aportar al mundo lo que yo soy realmente. Mínimamente a mis hijas, quiero brindarles todo mi amor, alegría, paz y pasión por la vida. Quiero dar este ejemplo de valentía: de saberme vulnerable, de mostrarme blanda y a la vez segura de que nadie puede destruirme si soy fiel a quien soy esencialmente.

 

Finalmente, mi hermana, compartió lo que ella observaba: “Es como si tu vida fuera una guerra (interna, por supuesto) en la que solo las voz de tu general puede salvarte porque sólo él sabe lo que es bueno para vos, está viéndolo todo desde una perspectiva más amplia, y te dice si salir o no de la trinchera. En el campo de batalla no hay tiempo para pensar o discutir, sólo para comandar y hacer caso. En cuanto te asomaste siguiendo la voz equivocada, fuiste.” Y es así, la voz de mi general es la Voz de mi ser real, superior, llámenlo alma, Dios o como prefieran, desde donde accedo a mi fuente de sabiduría. Solo esa Voz me salva y me permite trascender, mientras que seguir al resto de las voces puede hacer que me maten. Entonces dije “Vivo (porque sino muero) comandada por la voz de mi ser superior”, y recién ahí entendí lo que quería trabajar en mi primera sesión.

 

 

Quedaba un cabo suelto, porque aún lazándome al camino del aprendizaje, por más incierto que sea, comandada por mí Voz, ¿Y con mis hijas qué hago? Decidí que como madre seré la Voz para mis hijas hasta tanto puedan desarrollarla internamente y obrar en consecuencia, lo cual determina su adultez y viceversa. Entonces la frase de mi declaración se completó: “Vivo comandada por mi Voz y yo comando la vida de mis hijas”.

 

¿Y si me equivoco? Será una oportunidad para aprender, aceptando ser aprendiz y no sabe-lo-todo, y asumo la responsabilidad como mamá de las hijas que me tocaron. Hacer caso solamente al eco de aquellas voces externas, de algún modo me lleva a seguir siendo víctima de cómo el mundo pretende que ejerza mi maternidad. De este modo, yo soy la que elijo, y yo estoy y estaré acá con y para ellas, sean cuales sean las consecuencias de haber sido comandadas por esta Voz.

 

 

¡Que en la trinchera de la crianza de nuestros hijos hay, en la mayoría de los casos, una Comandante y un Comandante co-liderando, lo dejamos para otra sesión! De todos modos, creo que ser madre, o padre, es una de las máximas pruebas de amor y aprendizaje que podemos vivir. Nos invito a transitarlo con gratitud, felicidad y entusiasmo y así crecer en conciencia y en bienestar.

 

Los dejo con una abrazo eterno y agradecida por su lectura.

Denise

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