Muchos hablan de la “aceleración” del mundo, de las personas, los descubrimientos, la vida misma, pero dentro de ese grupo, las mamás tendemos a estar en la delantera del “acelere”. En la última semana escuché una historia comiquísima que inició mi pensar en este tema: una mamá se olvidó a su propia madre en la puerta del colegio tras un acto escolar cuando fue a buscar el auto, dándose cuenta cuando ya había llegado al trabajo. “Necesito parar” decía, y cuántas madres necesitamos, porque es realmente una necesidad básica de supervivencia y salud mental, física y espiritual, “PARAR”.

Hice una consulta en Facebook de cuántas mamás aunque también puede ampliarse a mujeres en general “hacemos teléfono” en el baño. En parte, creo, porque es un lugar privado donde nadie nos interrumpe, idealmente hablando, y por otro lado para hacer “máximo uso” de nuestro tiempo, bajo la premisa “no hay tiempo que perder”. Y aquí esta el quid de la cuestión, esta es la creencia más fatal que cargamos como sociedad: “no hay tiempo que perder”. Asume que el tiempo es algo finito, que termina en algún momento, lo más obvio para el ser humano: la muerte, aunque en la diaria tomamos como referencia el día, la semana, el mes, a lo sumo hablamos del año, pero en general ni llegamos a ese espacio temporal. También presupone que el tiempo puede “perderse” como si en algún momento fuera propiedad nuestra y luego lo dejáramos ir, o se nos escapara. Ya con estas dos premisas podemos jugar un rato a cuestionarnos: qué tan real es el tiempo en sí, más allá de una convención social que “nos es útil”, cuando la utilizamos para nuestro bienestar y no dejamos que nos utilice denigrándolo. Cuando soñamos o meditamos y nuestro cerebro opera en una frecuencia diferente a la de estar despiertos podemos vivir situaciones de 10 días o años en tiempo “real” de minutos, y lo mismo si viajamos al espacio y utilizamos los principios de la física que nos dicen que el tiempo real depende de la velocidad y aceleración de la partícula, onda, sujeto, etcétera. En lenguaje simple: el tiempo no es algo fijo sino relativo a la velocidad o frecuencia vibratoria (el “acelere”) y lo hemos estandarizado como una convención social. Además es un concepto para describir algo y por ende no puede ser un objeto a “tener” o “retener”. Listo: esta creencia es falsa, el tiempo no se tiene ni puede perderse, así que pasemos a lo que realmente nos afecta: ¿Qué nos pasa si aceptamos esto? ¿Qué hacemos con un tiempo que no se tiene, ni se pierde, que simplemente es y cuya relación a objetivos personales es una DECISION propia y subjetiva?

Cuando pensamos de esta forma podemos decidir qué hacer sin ponernos un tiempo para ese hacer, lo cual aumenta el grado de incertidumbre o mejor dicho de libertad, y aceptar esto ya es un gran desafío. Esto a su vez determina asumir responsablemente y con conciencia cada elección. Tenemos pocos modelos de éxito que nos ayuden a elegir. Nuestras abuelas hacían muchas menos cosas, tenían muchos menos “objetivos” externos a la vida casera pero sabían algo que a nosotras, madres de hoy, se nos olvida: disfrutar de las cosas chicas, pequeñas y del ocio. Nuestras mamás probablemente ya fueron mujeres de la época donde comenzó el auge feminista y eso cambió todo para la mujer. El paradigma que reina desde los 50s nos habilitó a las mujeres espacios y actividades nuevas donde desarrollarnos sin dejar de lado las anteriores, aumentando así la cantidad de tareas, objetivos y deseos. En este cambio la perspectiva o convención de cuanto dura un día no cambió, pero si nuestras expectativas de que hacer en ese dia. Y ahí empezamos el “acelere”. Bueno, no necesitamos estar aceleradas, podemos re-elegir lo que realmente no es nutritivo en nuestras vidas. Podemos recuperar el ocio, el disfrute de nuestras abuelas, sin por eso tener que ponernos a lavar la ropa a mano (para eso existen los lavarropas), y sí usar el tiempo que ellas dedicaban a eso para impactar el mundo de otras maneras también. Además podemos acceder a educación y vías de crecimiento y transformación personal que nos expanden en conciencia y permiten dar mas de quienes somos a los que nos rodean, con ese servicio natural y único que nace de la creatividad femenina. Usemos esta energía a nuestro favor, eligiendo qué y donde la invertimos y expandimos. Cuando estamos enfocadas en lo que realmente hace la diferencia para nosotras y quienes nos rodean, yo lo llamo AMOR EN ACCION, la energía fluye y es ilimitada, nuestra frecuencia cambia y el tiempo parece durar más o simplemente perder relevancia porque estamos totalmente sincronizadas con el tiempo real interno de nuestras vidas. Revisemos tareas múltiples que nos causan estrés a nosotras y a los que nos rodean y re-elijamos priorizando (NO HACIENDO muchas de ellas). No apuremos a nuestros hijos todo el día a cambiarse, comer, bañarse, estudiar, etcétera. ¿Nos damos cuenta lo insoportables que podemos ser y lo agotadas que quedamos de esta forma de estar en el mundo? No somos “esas” mujeres, o al menos yo elijo no serlo. Conseguir este objetivo es diario porque pareciera que me olvido de esto en cuanto me despierto y pienso en lo que “tengo que hacer” en el día. Gracias a la meditación y otras herramientas hoy la mayoría de los días me re-pregunto: QUE QUIERO HACER y re-priorizo, cancelo mil planes y re-oriento mi energía en lo que me genera bienestar a mí y mi familia.

Las invito, mamás a que nos preguntemos dónde y cómo queremos enfocarnos hoy…paremos un minuto y preguntémonos: ¿QUIERO HACER ESTO?, ¿es realmente nutritivo para mí y todos los que me rodean? Pongámonos en el lugar de nuestros hijos, maridos, compañeros de trabajo, empleados y mirémonos un segundo…¿nos gusta cómo nos comportamos? ¿disfrutaríamos nuestra compañía? … las preguntas “difíciles” son las mejores para promover cambios positivos, animemos a hacerlas!

 

Con amor y gratitud,
Denise Dziwak

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