Hoy una amiga me dijo algo así como que siendo padre teníamos la oportunidad de aprender más y/o más rápido. Siento que es un poco así, que ser padres es abrirse a la oportunidad de aprender a ser una persona que pueda paternar, que no siempre es la misma persona que veníamos siendo. El paternaje o maternaje, para este post es lo mismo, es a mi entender una responsabilidad con la vida que nos es encomendada. Dice Jalil Gibran que “los hijos nos son prestados por Dios”, agrego yo,  para acompañarlos en su desarrollo como seres humanos. El ser padre es trascender la propia persona para ser en función del hijo que acompañamos y en ese ser padre nos transformamos para acompañarlos mejor. Antes de ser padre tal vez no nos inhabilitaba “tanto”, o nos nos dábamos tanta cuenta,  que tuvieramos arranques de ira de cuando en cuando, mientras que siendo padres esto puede convertirse en violencia y doblegar el espíritu de nuestros hijos como consecuencia.

 

El costo de nuestra “imperfección” es demasiado grande. ¿Quiere decir esto que debiéramos ser “perfectos”?

Primero podemos preguntarnos qué es ser perfectos, y segundo, no, por supuesto que ni se me ocurre pensar en ningún tipo de perfección, pero sí en una evolución de nuestra conciencia, de quienes somos para convertirnos en aquello que queremos para nuestros hijos. Dudo que algún padre quiera hijos con el espíritu “quebrado”, término que acuña M. Seitun, en “Capacitacion emocional para la familia”, para referirse a hijos que ya no luchan por su ser, que se dejan controlar o se resisten y en esa acción se pierden a sí mismos. Tal vez esté bueno trabajar qué puedo estar haciendo yo como padre para que eso ocurra, o que puedo hacer para que eso no ocurra.

La paternidad es un compromiso con la vida, es una responsabilidad que asumimos al tener hijos (los hayamos buscado o no), y nos impulsa a salirnos de nuestra zona de confort y buscar nuevas formas de ser que les permita a ellos, los hijos sentirse amados por sobre todas las cosas.

El amor no es solo un sentimiento. El amor se traduce en acciones amorosas. Nadie duda que los padres amemos a nuestros hijos, pero ¿cuántos podemos decir que somos siempre amorosos con ellos? Yo seguramente no, y en esa incongruencia, en las acciones en las que no soy amorosa, es de donde aprendo a serlo. Me pregunto de dónde vino mi desamor: ¿superé mi propio limite y por eso me enojo y controlo o manipulo para que pase lo que quiero? ¿Tengo registro de lo que siento como para luego poder empatizar con mis hijas? ¿Conozco mis miedos e inseguridades detrás de las acciones no amorosas? ¿Qué es lo que creo sobre mí como madre o sobre mis hijas ante un cierto tema “conflictivo”?

La clave, para mí, esta en la revisión de quien estoy siendo en cada acción, al menos ante lo que interpreto como conflicto, para ir re-eligiendo como quiero actuar desde un lugar de mayor amor. Eso requiere de un proceso de introspección constante porque la solución nunca esta afuera de mí misma.  Creo que vivo en la realidad que creo para mi propio proceso evolutivo lo cual implica que puedo hacerme cargo y elegir quien quiero estar siendo construyéndome como persona mas integra y ganando soberanía de mi ser y de mi vida.

Los invito a que sigamos aprendiendo, sabiendo que podemos transformar todo en nosotros, en pos de preservar el amor que nos hace seres dignos de vida.

Con amor y gratitud,

Denise

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  1. La perfeccion como camino - Florecer del Alma

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