Desde que nació mi tercer hijo, Juan Francisco, siento una puja interna de ideas sobre la lactancia. Habiendo amamantado a mis otras dos hijas sin “inconvenientes” hasta pasado el año y medio nunca creí que esto se volvería “un tema”, pero así fue. Hace poco descubrí por qué y creo que vale la pena compartirlo en pos de una búsqueda de crecer en conciencia desde el camino de la maternidad.

 

En la maternidad me encontré muchas veces con ideas muy precisas sobre lo que está “bien” y lo que está “mal”. La mayoría, o casi todas, las incorporé de afuera de mí: de mi crianza, de otras madres, de los libros de “expertos”, o cualquier otro medio externo. Esa idea de lo correcto, lo que le hace bien a mis hijos y lo que no, la hice propia y muchas veces hasta la enarbolé como parte de mi fundamentalismo materno. Sí, admito que una parte de mí es una gran fundamentalista, en el sentido de que se agarra de una supuesta “certeza” y no la suelta. Por supuesto que esta parte mía a la que amo con locura y entiendo con gran compasión, siente miedo, MUCHO miedo, y de ahí deviene su rigidez, sus ganas de controlar todo, de hacer las cosas “bien” o al menos como otros dicen que es “bien”.

Con la lactancia había leído tanto de los beneficios de la misma, desde lo físico como la inmunidad hasta lo emocional como la conexión, la mirada, el sostén, que obviamente me encargue de sumarla a mis banderas de identidad: “Yo soy una mamá que amamanta”. Además hoy en día, aunque no siempre fue así, hay un consenso sobre que dar de mamar es mejor que no dar, osea esta “bien” y no dar esta “mal”. Cuidado que cuando digo “mal” puede leerse como “insuficiente o que no llega a la altura de lo que el bebé “realmente” necesita. El punto es que yo llevé ese criterio a un extremo fundamentalista: después de mi primera hija, a la que nunca dudé después de 6 meses en agregarle una mamadera de leche comprada al día, con mi segunda hija me dije que no le daría nada más que mi leche. Es más, al día de hoy, “con ya 2 años y medio nunca tomó leche de vaca”. Esto último lo dije tantas veces sin darme cuenta el peso que tenía en mi que hoy me desarmo de risa al repetirlo: lo decía con orgullo, y seguramente pensaba: “miren lo que logré, soy la mejor mamá, es más, merecería un monumento si a las madres que somos buenas nos lo construyeran”. Con mi tercer hijo, es hora de derribar este pilar falso de autoestima. ¿Por qué falso? Porque esta basado en buscar la aprobación del afuera, de los demás, de la sociedad y no conecta con la necesidad real de mi hija ni de mí misma. Puede ser que mi hija solo necesitara mi leche, perfecto, pero lo que yo hice para lograrlo, hoy me pregunto si no fue dejando de lado parte de quien soy. Ya pasó así que no tiene sentido preguntarme eso, pero si encarar lo que vivo hoy de otra manera. Nació mi tercer hijo, y me encontré con mucha dificultad para amamantarlo. Cuando yo siempre creí que toda mamá tiene la leche que su hijo necesita, después de 3 meses de lucharla dia a dia no registre SU necesidad, o la opaque por mis “ideas”. Juanfran, un bebé que claramente tiene una esencia pacifica, contemplativa, una serenidad que arrulla a quienes los toman en brazos, era una mar de lagrimas y gritos constantes. Por supuesto se sumaron los cólicos, o supuestos cólicos, no dormia bien, y más allá de lo esperable de los primeros meses, se notaba que algo no estaba bien. Pediatras, homeopatía, osteopatía, alopatía, nada parecía funcionar, hasta que yo comencé a preguntarme: ¿Qué pasa, “dentro mio”, si le doy otra leche que no sea la mia? Y me largaba a llorar, porque esta parte de mi tan rígida lo veía como un fracaso, y por supuesto algo condenable. Hasta que hace poco me iluminé: Madre libre…Monumento o Condena, esa es la cuestión de la maternidad para mí hasta ahora. Y si…

 

…. en vez de elegir entre esas dos opciones fatales para mi autoestima, y más aún para el bebé que está a mi lado y nunca registre en todo este conflicto interno,

…. me planteo honrar la necesidad de mi bebé como creo que es mejor a cada momento.

Creo que cuando me dije esto exhale por un minuto el aire contenido en mis pulmones. Fue una sensación de alivio tal que me quitaron las cadenas, abrieron las rejas, sacaron un peso inmenso de encima, solté la mochila,… Con razón muchos maestros dicen que la clave es la autoestima, claro, y empieza por conectarnos con nuestra experiencia y darnos y dar lo que necesitamos sin cuestionarnos si está “bien” o “mal” porque si realmente lo necesitamos ya está, veamos como darnos eso sin dañar a nadie por supuesto. Final de la historia: comencé a darle teta más mamadera de otra leche o de la mía si tenía guardada en cada toma, y Juan Francisco cambió tanto que yo no podía creerlo…era HAMBRE! Y yo no lo podía ver, o no quería o cuando lo veía me exigía darle de mi lo que no tenia. Y acá para las que aun enarbolan banderas de lactancia: no llegaba nunca a descansar o tomar líquido o tenerlo prendido a mi todo día, porque no podía. S-í, me sincere y dije NO PUEDO. Hacerlo, significaba dejar quien soy, dejar de estar para mí, para mis otras dos hijas, para el mundo. Mi próposito de vida está muy claro para mí y también quien soy, y cuando lo dejo, ME DEJO, por otra cosa que no me es “orgánica” (la idea de que esta bien o mal), lo siento en todo mi ser: colapso, me dreno, tengo mil síntomas físicos y emocionales tales como alergias, problemas de hígado, intestinos, falta de energía, tristeza, depresión, angustia, enojo, etcétera, porque son infinitas las señales que me otorga mi alma para que me de cuenta que por ahí no es mi camino.

Hoy respiro tranquila: mi hijo esta bien, sano, feliz, “lleno” (¡¡¡sin hambre!!!), tranquilo. Podemos compartir miradas, masajes, sonrisas, diálogos y no llantos y noches en vela, desesperados y torturantes para él y para mí. Le digo gracias por mostrarme tanto, por enseñarme a volver a elegir el amor y la autoestima por sobre el miedo y el juicio.

Los invito a preguntarse si hay cosas que dicen de sí mismos, antes las cuales se harían “monumentos”, y otras ante las cuales se “condenarían”. Si las hay, pregúntense:

  • ¿para qué quiero sostener estas creencias?
  • ¿qué me estoy perdiendo de darme a mí y a otros por esto?
  • ¿Vale la pena?

Si la respuesta es no… ¡cambiemos! Empecemos ya:

  • desechemos nuestras banderas inútiles (creencias, prejuicios, ideas de lo que esta bien o mal)
  • conectémonos con lo que realmente necesitamos o necesitan quienes dependen de nosotros (aclaro: SOLO nuestros hijos dependen de nosotros)
  • evaluemos alternativas para satisfacer nuestras necesidades reales y
  • demos-nos con amor lo que necesitamos o necesitan nuestros hijos.

 

Yo sigo aprendiendo, y cada día estoy más convencida que la maternidad es para mí el camino que elegí para crecer en conciencia. Ojalá muchas personas tengan esta oportunidad y gracias a quienes me acompañan en el camino, porque es reconfortante contar con sus presencias.

 

Con amor y gratitud,
Denise Dziwak

 

 

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